domingo, 4 de abril de 2010

El del final.

Ella, ya no sabe qué hacer para contenerse. Él, se controla demasiado.

Se miran de una punta a otra del lugar. Ella descaradamente, porque le da igual. Él, tan sólo de reojo, ¿por el qué pensarán?.

Muchas personas pasan entre medias... Pero para ella sólo existe aquél, el del fondo, el del final.

La perfección absoluta no existe.

Éramos inseparables. Cómo si sólo fuésemos uno, sabíamos lo que el otro pensaba a cada instante. Nos conocíamos de arriba abajo, de dentro a fuera, sabíamos de que estaba hecho cada fragmento de nuestros respectivos cuerpos. Éramos tan perfectos que resultó ser imposible.

Ella.

-Ah, sí, la recuerdo. Vino alguna vez al bar. Era una chica encantadora, y tenía una sonrisa que te hacía temblar. Y sonreía tanto... Era feliz con unas pocas caricias, alguna que otra mirada y de vez en cuando un silencio de esos que lo dicen todo. Y esos ojos...¡Qué ojos! Nunca había conocido una mirada tan expresiva como la suya. Ella siempre se quejaba de ello. -"No me mires a los ojos, o conocerás todo de mí, y eso sería un poco injusto, ¿no?"- decía. Y es que era increíble, con una fugaz ojeada sabías exactamente su grado de felicidad. ¡Y era un manojo de nervios!. Qué chiquilla, siempre andaba de aquí para allá, corriendo, saltando... Le encantaba dar abrazos. Era su mejor cualidad. Una vez me contó que lo que más ansiaba en el mundo era despertarse junto a él todas las mañanas. Siempre llevaba esa media luna plateada colgada del cuello, decía que le recordaba a la libertad de la felicidad. Pero, ¿qué fue de ella? La vi por última vez hará 8 meses y parecía muy triste. Algo le había pasado, estoy seguro, pero no quiso contármelo. Dime, ¿la has visto?.

-Murió hace tres semanas, me dijo su hermano. Al parecer dejó de sonreír.

Diálogo.

-Bueno, ¿y qué hay sobre lo de irnos a mi casa?

-No sé... Sería un poco raro, ¿no?

-Y si te digo que lo que más me apetece ahora mismo es tirarte sobre la cama, enredar mis manos en tu pelo y hacerte el amor durante el resto de la noche para después verte dormida sobre mi pecho y besar, suavemente para no despertarte, tus labios entreabiertos por la respiración acompasada de los más profundos sueños ¿qué me dices?

-Te digo que creo que, contigo, me voy al fin del mundo.

viernes, 2 de abril de 2010

Sueños.

Nunca había odiado tanto la realidad. Hoy, ha sido uno de esos días en los que no he parado de despertarme por la noche. Cada vez que me despertaba, recordaba lo que estaba soñando en ese momento. Ni una sola de las veces me he alegrado de haberme despertado.

En cada uno de mis sueños estabas tú, diciéndome que me querías, cada vez de una forma. La primera en la barra de un bar, en el que no aguantabas más y me besabas. La segunda, cuando me saludabas. La tercera ya era en tu cama...

Injusto.

Allí están. Sentados, cada uno delante de su café y su tabaco. Ella mira cómo se consume su cigarro, mientras escucha lo que él tiene que decirle. Él mira dentro de sí mismo, tratando de encontrar las palabras perfectas que puedan resumir lo que siente y lo que piensa.

De vez en cuando sus ojos se encuentran, pero apartan rápido la mirada. Él porque le da vergüenza, ella... Ella porque teme desgastarle.

-Pero es injusto.
-¿El qué es injusto?
-Que esperes a que me aclare.
-No, no es injusto. Injusto sería si, llegados a este punto, no te esperase.


deseo.

"No se puede desear lo que se tiene. Es antinatural"

Pulp.

-¿No los odias?, ¿esos silencios incómodos? ¿Por qué necesitamos decir algo para rellenarlos? Es por eso que sabes que has encontrado a alguien especial. Puedes estar callado durante un puto minuto y disfrutar del silencio.



Cada vez que veo esta foto, sonrío pensando en cuando nos comparaste con ellos. Y en esos silencios...

Corre, no dejes que te alcance.

Doblo la esquina, tratando de despistarla. Sigo corriendo lo más rápido que puedo, pero no sé cuánto más aguantaré. Miro atrás, allí está. Viene detrás, tranquila, sabe que tarde o temprano me cansaré de huir. Pero, ¿qué ocurre? ¡joder! ¡Por más que corro no le saco ventaja! No aguanto más. Tengo que parar. Me alcanzará, pero me duelen las piernas.

Paro, y entonces, cómo si ya nada mereciese la pena, me hundo en lo más oscuro de la soledad, que me alcanzó fácilmente.

¿Adiós?

Habla -le dice.- Puedes confiar en mí, quiero ayudarte.

Pero ella cree que quizás debe decir adiós. Aunque sabe que no puede.